El hombre normal

No voy a seguir en el Athletic“. Poco amigo de los excesos y de exhibir impúdicas pasiones en público, Ernesto Valverde anunció lo que era un secreto a voces en Bilbao mientras trataba a duras penas de componer su voz quebrada y su mueca de emoción. Su futuro inmediato no estará vinculado al Athletic Club, tras una segunda y fructífera etapa de cuatro temporadas al frente del banquillo de San Mamés. Su destino, también otro estruendoso susurro al oído de las partes interesadas, parece que estará en Barcelona, pese a su afirmación de ayer de no tener ningún compromiso firmado con ningún club y de que no necesita que nadie le vaya buscando casas y colegios en ningún sitio. El Txingurri llegará a un club diametralmente opuesto al Athletic, a un entorno con cierta propensión al canibalismo. A un escenario extenuante y siempre expuesto a la primerísima línea de fuego. Y me da lástima lo que pueda ser de él ante semejante panorama. Ante la horda de despiadados micrófonos dispuestos a pillarle en un renuncio y arrojar su dignidad en uno de esos contenedores de despojos de matadero con los que acostumbran a alimentar a las fieras en los circos.
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Valverde no parece un personaje más de los muchos que habitan en el mundillo del fútbol de primer nivel. No encaja en la percepción histriónica que muchas veces rodea a los ‘hombres de fútbol’. Ernesto es una persona templada, mesurada, capaz de mantener la respiración cuando todo su entorno boquea en busca de óxigeno en un ambiente irrespirable. Nunca saldrá de su boca una palabra más alta que otra. Su gran virtud, definida de forma inmejorable por Miguel Ángel Román, es haber conseguido llevar con una anormal normalidad la anormalidad del fútbol. Y, pensándolo bien, quizá no venga mal unas cuantas dosis de semejante virtud en el club azulgrana. Puede que bajar el volumen del amplificador y desenchufar los ventiladores ayude al Barça a recuperar el fútbol que sus actores en plantilla deberían poder brindarle. Atemperar el estado de las cosas siempre contribuye a la estabilidad absoluta. Las dudas me surgen en cuanto a si será capaz el entorno barcelonista de apreciar tal dote.
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Me apena profundamente el adiós de Ernesto a Bilbao, a la que seguirá siendo eternamente su casa. No es porque se haya roto el amor ni porque hayamos dejado de usarlo. Simplemente es que ha venido otro más alto, más fuerte, más guapo y con un coche más caro. Es la nostalgia de las maletas y las cajas apiladas junto a la puerta. De las estancias vacías y el retumbar del eco de la propia voz en ese salón que ayer albergaba vida, sueños y proyectos y hoy no es más que cuatro paredes desnudas. Y esa tristeza no es ya por el fútbol. Ni siquiera por las repetidas clasificaciones europeas o por el inesperado título de la Supercopa de hace un par de temporadas. Me entristece su salida porque, por encima de todas las cosas, considero a Valverde una buena persona. Un hombre íntegro, cabal y gran representante de la imagen que me gusta que el Athletic transmita al resto del mundo, de esa imagen que no va solo de cuatro-dos-tres-uno, de meter más goles que el rival ni de atiborrar las vitrinas de trofeos. Fue bonito. Fue el candidato perfecto para una grada que busca como ninguna figuras dentro de su club en las que sentirse reflejada. Pese a las exageradas exigencias y los desencuentros. Pese a los sinsabores y los disgustos.
Valverde deja tras de sí un pasado de récord en clave rojiblanca y dispone ante el aficionado del Athletic un futuro aterrador y plagado de incógnitas. El abismo de lo que queda por venir. Ojalá Ziganda esté a la altura. Ojalá, dentro de unos años, nos haya dado los mismos motivos que Ernesto para echarle de menos en su despedida.