Una final de prestigio

La lógica desazón que sentí el pasado jueves día 11, cuando John Guidetti no acertó a embocar aquel balón atrás de Beauvue en la portería del Stretford End de Old Trafford y el Celta vio frustrado su sueño de alcanzar la primera final europea de su historia, se vio aliviada al ver configurada una final europea de postín. Ajax y Manchester United acumulan entre ambos dieciocho títulos continentales, siete copas de Europa y una retahíla interminable de anécdotas, partidos para el recuerdo y futbolistas referenciales. Los dos equipos son dueños de un bagaje tal que resultaría complicado escoger un enfrentamiento con tal rancio abolengo. Resulta, además, que son dos clubes que vienen de atravesar precisamente por sus mejores años. Si bien el Ajax, y dada la escasa competencia nacional, ha seguido acumulando campeonatos de liga y copa en Holanda (aunque con notables paréntesis), su papel en Europa podría calificarse de paupérrimo, teniendo en cuenta sus antecedentes, desde el inolvidable título de 1995. Eliminados por los rusos del Rostov en la fase previa de esta temporada, los ajacied no han conseguido superar la barrera de la fase de grupos de la Liga de Campeones desde la temporada 2005/06, en la que caerían derrotados en la ronda de octavos frente al Inter. Tampoco su habitual presencia en la consolación de la Europa League ha resultado más productiva en estas últimas campañas, en las que sus correrías se contabilizan por fiascos, incluyendo alguna eliminación sonrojante, como la sufrida a manos del Red Bull Salzburg en los dieciseisavos de final de la 2013/14, por un global de 1-6.
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Por su parte, el socavón en el que se vio hundido el Manchester United tras la salida de Alex Ferguson ha venido trayendo consigo consecuencias más funestas de las inicialmente previsibles. Acostumbrado a ser un habitual de las eliminatorias avanzadas de la Liga de Campeones, el United se vio de pronto desprovisto de un estatus que parecía acompañarle eternamente. Como si la sola pérdida de su referente en el banquillo hubiese cercenado de raíz la capacidad del equipo de escribir páginas importantes en la historia del fútbol europeo. En apenas tres temporadas, el United había dejado de contar en las cábalas y en las quinielas de principio de temporada. Había dejado de ser aquel equipo fiable y experimentado capaz de salir airoso de las más cruentas batallas por el continente. La final de Solna supone un reencuentro con sus mejores años. Una vuelta, aun en el segundo plano de la Europa League, a su habitual posición dominante. Un retorno que bien podría interpretarse como la cimentación de una base sólida desde la que comenzar a crear y a construir futuro.
Frente al United del Año I de José Mourinho, un Ajax en esa continua regeneración que parece regir su existencia desde tiempo inmemorial. Subcampeón de la Eredivisie, los de Peter Bosz afrontan el asalto de su nueva oportunidad europea con un equipo extraordinariamente joven, en el que del habitual once titular apenas el central, hoy sancionado, Viergever (27) y el mediocentro Lasse Schöne (30) superan los veinticinco años de edad. Jugadores como el portero Onana o el delantero danés Kasper Dolberg, máximo candidato a tomar la puerta de salida en el aeropuerto de Schiphol el próximo verano, ni tan siquiera habían nacido cuando los hermanos De Boer, Edgar Davids, Patrick Kluivert, Clarence Seedorf o Finidi George conquistaron el corazón de todos los aficionados europeos con aquella Champions de consagración absoluta a la juventud y el descaro.
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Un favorito, United, que aspira a salvar la decepcionante campaña liguera en el debut con el único título europeo que falta en sus vitrinas, y un aspirante, Ajax, decidido a poner fin a la crisis de resultados en Europa que agarrota al club desde hace más de dos décadas. Un partido cargado de historia y repleto de carga emocional tras el lamentable atentado de la noche del pasado lunes en Manchester. Una final que, pese a la ausencia del ya tradicional aspirante español, apetece ver.

El hombre normal

No voy a seguir en el Athletic“. Poco amigo de los excesos y de exhibir impúdicas pasiones en público, Ernesto Valverde anunció lo que era un secreto a voces en Bilbao mientras trataba a duras penas de componer su voz quebrada y su mueca de emoción. Su futuro inmediato no estará vinculado al Athletic Club, tras una segunda y fructífera etapa de cuatro temporadas al frente del banquillo de San Mamés. Su destino, también otro estruendoso susurro al oído de las partes interesadas, parece que estará en Barcelona, pese a su afirmación de ayer de no tener ningún compromiso firmado con ningún club y de que no necesita que nadie le vaya buscando casas y colegios en ningún sitio. El Txingurri llegará a un club diametralmente opuesto al Athletic, a un entorno con cierta propensión al canibalismo. A un escenario extenuante y siempre expuesto a la primerísima línea de fuego. Y me da lástima lo que pueda ser de él ante semejante panorama. Ante la horda de despiadados micrófonos dispuestos a pillarle en un renuncio y arrojar su dignidad en uno de esos contenedores de despojos de matadero con los que acostumbran a alimentar a las fieras en los circos.
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Valverde no parece un personaje más de los muchos que habitan en el mundillo del fútbol de primer nivel. No encaja en la percepción histriónica que muchas veces rodea a los ‘hombres de fútbol’. Ernesto es una persona templada, mesurada, capaz de mantener la respiración cuando todo su entorno boquea en busca de óxigeno en un ambiente irrespirable. Nunca saldrá de su boca una palabra más alta que otra. Su gran virtud, definida de forma inmejorable por Miguel Ángel Román, es haber conseguido llevar con una anormal normalidad la anormalidad del fútbol. Y, pensándolo bien, quizá no venga mal unas cuantas dosis de semejante virtud en el club azulgrana. Puede que bajar el volumen del amplificador y desenchufar los ventiladores ayude al Barça a recuperar el fútbol que sus actores en plantilla deberían poder brindarle. Atemperar el estado de las cosas siempre contribuye a la estabilidad absoluta. Las dudas me surgen en cuanto a si será capaz el entorno barcelonista de apreciar tal dote.
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Me apena profundamente el adiós de Ernesto a Bilbao, a la que seguirá siendo eternamente su casa. No es porque se haya roto el amor ni porque hayamos dejado de usarlo. Simplemente es que ha venido otro más alto, más fuerte, más guapo y con un coche más caro. Es la nostalgia de las maletas y las cajas apiladas junto a la puerta. De las estancias vacías y el retumbar del eco de la propia voz en ese salón que ayer albergaba vida, sueños y proyectos y hoy no es más que cuatro paredes desnudas. Y esa tristeza no es ya por el fútbol. Ni siquiera por las repetidas clasificaciones europeas o por el inesperado título de la Supercopa de hace un par de temporadas. Me entristece su salida porque, por encima de todas las cosas, considero a Valverde una buena persona. Un hombre íntegro, cabal y gran representante de la imagen que me gusta que el Athletic transmita al resto del mundo, de esa imagen que no va solo de cuatro-dos-tres-uno, de meter más goles que el rival ni de atiborrar las vitrinas de trofeos. Fue bonito. Fue el candidato perfecto para una grada que busca como ninguna figuras dentro de su club en las que sentirse reflejada. Pese a las exageradas exigencias y los desencuentros. Pese a los sinsabores y los disgustos.
Valverde deja tras de sí un pasado de récord en clave rojiblanca y dispone ante el aficionado del Athletic un futuro aterrador y plagado de incógnitas. El abismo de lo que queda por venir. Ojalá Ziganda esté a la altura. Ojalá, dentro de unos años, nos haya dado los mismos motivos que Ernesto para echarle de menos en su despedida.

Ganadores

Enhorabuena al Barça, porque ellos son los campeones. Pero yo me siento hoy ganador, nuestra gente se siente ganadora… ver hoy a toda esta afición es algo muy grande‘. Manu García (Vitoria, 1986) se resistía a abandonar el césped del Vicente Calderón. Consciente de que embocar el túnel de vestuarios suponía echar el telón para siempre a la mejor temporada de su carrera futbolística, el capitán vitoriano trató de alargar su fantasmagórico deambular por una fiesta que le era completamente ajena. Un buen capitán es el último en abandonar el barco. El último en dejar a su suerte a ese Alavés a la deriva, zarandeado y vilipendiado por el Barça. Derrotado pero ganador.
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Dice mi compañero Antonio Agredano que ganar trofeos va a terminar convirtiéndose en algo accesorio. Que ganar no es un estado de ánimo ni un premio simbólico al esfuerzo, ganar es ‘marcar un puto gol más que el rival‘. Y, entendiendo lo que quiere decir, creo que se queda en un plano demasiado superficial. Y me sorprende tratándose precisamente de él. Hay muchas maneras de sentirse ganador y no todas requieren de un rival derrotado. Manu García no es simplemente un futbolista del Alavés. No es Deyverson. No es Marcos Llorente, esperando ansioso la anunciada llamada a filas de Zidane. Manu García, vitoriano de nacimiento, no pudo recalar en el club de su vida hasta los veintiséis años y después de haberse dejado media vida en diversos clubes de Segunda B. Por fin en Mendizorroza, el capitán fue clave en el ascenso de los babazorros desde Segunda B a Segunda y, tres años más tarde, fue de nuevo capital en el ascenso a Primera. Pocos jugadores como él pueden personificar el resurgir de un equipo desde las miserias y el olvido de la categoría de broncea los focos y la rutilancia de la final de Copa. Hay que conocer su contexto. Por eso entiendo a Manu García. Por eso entiendo a todos los que, pese a ser los derrotados, se sienten de alguna manera ganadores. Entiendo a los que echan la vista atrás y visualizan una trayectoria ganadora y una carrera de superación personal diaria y, por fin, de alguna u otra manera, acaban sintiéndose ganadores.
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No es ninguna moralina barata. No se trata de esa cantinela tan manida de los ‘triunfos morales’ ni del rollo maniqueo de los bueno y lo malo, los vencedores y los vencidos. Es evidente, como decía Antonio, que ganar es anotar un gol más que el rival y que es el objetivo principal de toda competición deportiva. Pero no el único. Esto no va siempre de meter más goles o de si el balón entra o se va por encima del larguero. Me niego a ceñir la amalgama de emociones que representa el deporte a una ecuación tan reduccionista y simple. Esto no va solo de levantar copas. Va de historias personales, de vivencias, de superación, de identificación y orgullo. Naturalmente, el éxtasis solo se alcanza levantando el trofeo al cielo y ese momento de ver al rival haciéndolo duele de verdad. Pero el dolor, como la alegría por el triunfo, es pasajero y efímero. Todo fluye y discurre, y en las orillas siempre se queda la parte buena, como las pepitas de oro quedan ancladas en el cedazo. Imagino que si solo nos interesase esa parte del fútbol que habla de ganar y acumular en las vitrinas más títulos que nadie todos seríamos del Real Madrid o del FC Barcelona. Por fortuna, creo que todo esto va más allá. Que hay muy diversas maneras de sentirse ganador y dichoso.
Dicen que, pasados los años, nadie se acuerda de los subcampeones. Es un discurso muy localizado en las hinchadas de los equipos más poderosos y acostumbrados al éxito. Y es lógico cuando entiendes que el único sentido del deporte es ganar. Yo, en cambio, me acuerdo casi cada día de las dos finales que el Athletic de Bielsa perdió en el año 2012. Y no lo hago solo con tristeza. Las recuerdo con orgullo, con la satisfacción de haber vivido el momento y la dulce amargura que procura la derrota que las convierte en algo paladeable como un café sin azúcar. Lo mismo ocurre con el Alavés del Westfalenstadion, el Dortmund de Klopp o el Mallorca de Villa Park, equipos que cualquier aficionado al fútbol recuerda. Derrotas que marcan un estilo y forjan una identidad. Derrotas desde las que uno crece y a las que siempre se acude en los momentos más débiles. Derrotas en las que sentirse, al menos, un poquito ganador.